Abrir un libro al azar. Esta manía la tengo desde chica cuando veía a mi mamá abrir el I Ching y esperar un mensaje justo, un enigma de salvación. Esta práctica suele conllevar algo de escepticismo, como un mecanismo instintivo ante los libros o, al revés, una confianza irreprochable, una prepación oracular. Los libros de poesía, por supuesto, son los mejores. Sumada a esta arbitraria práctica de lectura (que vale tanto para los libros de “literatura” como para los de teoría) agrego otra, que debe ser también la de todos, la de tomar un libro del estante casi sin mirarlo. Hoy justamente me cayó en manos una antología poética de Mario Benedetti. El poema: No te salves. Respiré dos veces porque sabía lo que venía, una voz lejana que se juntaba a la mía, la que no pude escribir. Y si la escribo ahora, si la devoro, si la paso entre mis dedos cuando la tecleo, como cuentas de un rosario y una salmodia íntima, una oración profana? La creo mía, la escribo así. Sé que me pertenece más que a todos porque me dice, porque me desvela. Porque es para mí todo lo que viene del otro lado, el mensaje chino de mi mamá, lo que creo sin confesión. Y es siempre así, jugar con la literatura, comentarla, criticarla, sangrarla y no dejarla nunca, porque dice lo que no podemos:
No te salves
No te quedes inmóvil
Al borde del camino
No congeles el júbilo
No quieras con desgana
No te salves ahora
Ni nunca
No te salves
No te llenes de calma
No reserves del mundo
Sólo un rincón tranquilo
No dejes caer los párpados
Pesados como juicios
No te quedes sin lábios
No te duermes sin sueño
No te pienses sin sangre
Ni te juzgues sin tiempo
Pero si
Pese a todo
No puedes evitarlo
Y congelas el júbilo
Y quieres con desgana
Y te salvas ahora
Y te llenas de calma
Y reservas del mundo sólo un rincón tranquilo
Y dejas caer los párpados
Pesados como juicios
Y te secas sin labios
Y te duermes sin sueño
Y te piensas sin sangre
Y te juzgas sin tiempo
Y te quedas inmóvil
Al borde del camino
Y te salvas
Entonces
No te quedes conmigo.