Siempre me gustaron los pequeños cofres, los sécretaires, con o sin doble fondo, todo aquello que pueda cerrarse con llave, es decir, que sirva para esconder algo, para almacenar la insondable reserva de la ensoñación. Su marca principal es el cerrojo que, siendo, en sí mismo, un umbral, protege un reino interior, fabricado y custodiado sin pausa. Algo absoluto se preserva en estas maravillas de la ebanistería. Algo que siempre es más de lo que parece porque, en la noche del mueble, imaginar es siempre más grande que vivir.
Jean-Pierre Richard justificó el asombro alegando que "es imposible llegar al fondo de un cofre" porque la dimensión íntima es siempre infinita, siempre incontenible. Yo agregaría que, en esos objetos antiguos como moradas sensibles, se puede manipular el sueño hasta hacerle destilar su relato: eso que se esfuma, siempre, en cuanto es nombrado. Toda cajita, en este sentido, es un viaje: una añoranza del origen del habla y un esfuerzo por permanecer lo más cerca posible de la escena vacía del ser.
Figurante humilde y receptiva, teatro itinerante y archivo portátil, en suma, la cajita es también diminuta divina comedia, donde lo plural humano deja de ser -por un instante eterno, entre la vida y la muerte- un inventario de acciones para volverse penumbra, laboratorio atento a lo que no se ve.
Importancia suplementaria de las cajas: allí se guarda el muerto (pues el ataúd es una caja). La frase figura en los Diarios, de Alejandra Pizarnik.
Maria Negroni in: Pequeño mundo ilustrado